—Aquí no se pisotea más que a Fernando. Aquel era un lema jacobino, este es un lema...
—Un lema... —dijo Tilín con ansiedad—. Pero leeremos lo que dice este papel.
—Un lema apostólico —afirmó prontamente el llamado don Jaime.
Abrió el papel para leerlo; pero al punto exclamó con desconsuelo:
—Si está en latín.
En el semblante del prisionero brilló un rayo de esperanza. Inmutose como la cara del reo que vislumbra su salvación.
—Llamaré al padre Maza para que me lo traduzca —dijo Pepet.
El semblante de Servet se nubló segunda vez. Por dicha suya, antes de apartarse de la maleta, Tilín vio otro pliego. Tomándolo, leyó el sobrescrito, que decía: A la señora madre abadesa de San Salomó, en Solsona.
Tilín, estupefacto, no apartaba sus ojos de aquellas letras.
—Lea usted —dijo el caballero animándose considerablemente—, si es que en las costumbres de los guerrilleros entra también el sorprender los secretos de las damas.