—Poco me importan a mí Jep y doña Josefina —replicó Tilín, poniéndose ceñudo—, pues estoy decidido a hacerme justicia. ¿Piensa la señora que voy a volver a la sacristía de San Salomó?
—No, eso no; no faltaría más. Tu vocación y tu ardor guerrero te llevan a ser general, y lo serás, sí; ya la historia se ocupará del general Tilín.
—General o no, yo me vengaré —dijo Pepet con fiereza.
—La venganza es cosa mala, Tilín, muy mala.
Esto decía con unción la monja que tanto se entusiasmaba con batallas y guerras.
—Será cierto; pero yo necesito vengarme. El hombre bueno se volverá malo tal vez; pero ¿quién tiene la culpa?
—No hables de maldades. Es preciso que tú seas siempre bueno. Algunos guerreros han sido santos.
—Yo no seré santo, señora; yo no seré santo, no quiero ser santo —afirmó Tilín con ruda franqueza—. Aunque quisiera serlo no podría.
—¿Por qué? —preguntó la monja disponiéndose a dar a su protegido una lección de teología.
—Porque cada uno nace para lo que nace. ¡Santo yo! —dijo Pepet dando un gran suspiro y sentándose con muestras de cansancio—. Mi corazón arde como una hoguera que no se puede de ningún modo apagar. Quise ser soldado, y apenas empecé a serlo me ataron las manos. Es fuerza que este volcán estalle por alguna parte, y no hay duda que estallará.