Luego acercose a sor Teodora, y con acento terrible le dijo, sin alzar los ojos:
—Señora, yo no lo puedo remediar: yo haré barbaridades, haré estragos, y quizás mi memoria sea maldita.
—¿Por qué? ¡Pepet, estoy aterrada!... Explícame eso —dijo la religiosa poniéndose pálida y juntando las manos.
—¿Por qué?... Porque ambiciono mucho, y todo lo que ambiciono es imposible. Me faltan alas, me sobra espacio.
—Pues no ambiciones tanto.
—No puedo, no puedo.
Su acento era el de la desesperación.
—¡Qué locura!
—¡Todo es imposible! ¿Cree la señora que me satisface esa guerra mezquina, guerra de estúpidos y de salteadores?... No; yo no quiero mandar somatenes, sino ejércitos. Yo adoro el estruendo, las grandes marchas, la fatiga, el polvo de los campos, el calor horrible, las hambres, la gloria de las grandes jornadas, los inmensos peligros, la embriaguez de la matanza, las astucias, las sorpresas, las banderas alzadas sobre los montones de muertos...
—¡Qué horror! —exclamó la monja llevándose las manos al rostro.