—Yo adoro todo eso... ¿Qué puedo esperar de esta guerra que no tiene más objeto que el robo, ni más móvil que la envidia? Bien lo decía yo: mi época ha pasado. ¡Ay de mí! Me atrasé en el nacer; todo lo posible es ridículo, y todo lo grande, señora, es tan imposible para mí como poner en el cielo mis manos de barro miserable.

Diciendo esto, se llevó el puño a la cabeza, y se hubiera arrancado un mechón de cabellos, si su cabello cortado a lo militar tuviera mechones.

—Después de esta guerra vendrá otra más grande —dijo la religiosa tomando el tono sibilino que tan grande impulso había dado a la vocación de Tilín—. Vendrán cosas estupendas, y pasarás de esta esfera mezquina de los somatenes a la esfera de las grandes acciones de guerra.

—No, no, no —gritó Tilín, y cada no parecía en su boca como un golpe de maza; tal era la energía con que los pronunciaba.

—Vendrá...

—No vendrá nada... Delante de este sacristán destituido no hay más que imposibles. No es solo el de la guerra.

—¿Cuál otro?

—Otro.

Tilín volvió su rostro, y sor Teodora se echó a reír.

—Me causan risa tus ardores, Tilín —le dijo—. Apostamos a que al fin y al cabo, después de tanto delirio, acabas por renunciar a las glorias del mundo y te consagras a servir a Dios en la sacristía de las pobrecitas monjas cascabeleras.