—Eso no, eso no, eso no —exclamó Armengol, soltando sus palabras como gemidos de agonía—. Jamás, señora: yo no puedo continuar en San Salomó.
—¡Ya no nos quieres, pícaro!
—¡Oh!... No es eso... —dijo Tilín enternecido súbitamente—. Yo no puedo seguir aquí: soy muy malo y no me puedo vencer. El valiente es cobarde consigo mismo. ¡Yo en esta casa, en la casa de Dios y de la religión!...
Pepet hundió su cabeza, mirando tan de cerca un hoyo que delante de él estaba abierto, que parecía querer enterrarse vivo. Arrojó de su pecho varios suspiros, cual si quisiera expulsar de su cuerpo la vida.
—Adiós, Tilín —dijo la madre dando algunos pasos hacia el claustro.
La monja se separó de él. Tilín la vio alejarse y no le dijo nada. Después abandonó las herramientas del jardín para ir a la sacristía, ponerse su uniforme y salir a la calle. Largo rato estuvo platicando de cosas indiferentes con el sacristán sustituto. Cuando salió, vestido ya su gallardo uniforme, era casi de noche. Las monjas se retiraban a sus celdas, y veíanse sombras blancas que se perdían en el claustro, y oíase rumor de perezosos rezos. Tilín quiso hablar a la abadesa, y dirigiose al vestíbulo de donde partía la escalera. Todo estaba oscuro. Vio delante una figura que entraba del claustro para pasar al coro. Tilín la detuvo; sor Teodora lanzó una exclamación de sorpresa, y antes que pudiese decir una palabra, cayó de rodillas ante ella el sacristán-guerrillero, y como un reo que pide perdón, exclamó con voz profunda y sofocada:
—¡Madre, mujer, sor Teodora...! por Dios, quiéreme.
La hermosa dama se quedó extática y muda; tanto la sorprendieron el tono y la voz del sacristán-soldado.
—¡Tilín!... ¡Jesús!... —murmuró.
Y Tilín repitió con loco ardor: