—¡Quiéreme, quiéreme!

Su voz temblaba. Después se levantó, y tendiendo sus brazos sin atreverse a tocarla, acercó su boca al oído de sor Teodora y a media voz dijo estas palabras:

—Monja, yo te amo.

—¡Jesús crucificado, ampárame! —gritó la esposa de Cristo llevándose las manos a la cabeza—. ¡Satanás, perro maldito, vete!...

Quiso huir. Sintió que sujetaban su hábito. Dio un nuevo grito. Oyéronse pasos y una voz que decía: «¿Quién está ahí?»

Dos monjas que llegaban vieron a sor Teodora acongojada y trémula. ¿Había tenido una visión? Sensiblemente turbada parecía; pero con un vaso de agua la volvieron a su prístino ser. Tilín había desaparecido.

Largo rato estuvo la madre sin volver de su espanto, aterrada y sobrecogida, sintiendo sobre su alma un peso colosal y una opresión tan angustiosa en su pecho que apenas podía respirar, y todo lo veía negro y rojo, cual si se hallara bajo las pavorosas bóvedas del infierno. La inaudita revelación, tan sacrílega como infame, había producido en su espíritu una sacudida espantosa, como la que produciría un reclamo verbal del mismo Satanás reclutando gente para sus calderas. No obstante, el espíritu de la buena religiosa estaba absolutamente limpio de pecado en aquel negocio, y ni con fugaz idea, ni con vano pensamiento era cómplice de la execrable pasión de Armengol. Por el contrario, el atrevido sacristán representósele desde aquel instante como un ser aborrecible, digno de los más crueles castigos.

XII

El primer cuidado de la dama, aquella noche, después que se retiró a su celda, fue rezar, implorando la misericordia de Dios, no en pro de ella misma, que en aquel caso no la necesitaba, sino en pro del miserable extraviado que con sus livianos pensamientos y deseos faltaba horriblemente a la ley divina y profanaba el santo asilo de las castas esposas de Jesucristo. Aun se puede tener por seguro que sor Teodora de Aransis se dio una buena tanda de azotes y se puso cilicio, mortificaciones ambas que habrían caído mejor en el cuerpo del bárbaro criminal que en el de la mujer inocente. La causa de esta severidad con sus propias carnes era que se creía culpable por otro concepto, y, como culpable, digna de castigo. Veamos la opinión que formó de sí misma.

Dos o tres horas llevaba de oración y recogimiento después del tremendo suceso, cuando ocurriole de súbito una idea que le pareció sorprendente por lo juiciosa y atinada. En efecto, aquella idea encerraba una lógica profunda. Según esta, lo que había pasado a sor Teodora, las infernales palabras que oyó, aquel brutal hombre que delante de sí había visto, horrorizándola con su delirio, no eran otra cosa que un castigo providencial por su detestable afición a las guerras religiosas. La noble conciencia de la dama iluminose con esta idea, y comprendió que era contrario a la religión, a la severidad monástica y a las leyes más elementales del amor de Dios su afán por las luchas de los hombres, y aquel su deseo de ver triunfar al son de trompetas, cajas, cañonazos y gemidos de moribundos, la mansa fe católica.