Sí, castigo era por haber olvidado la ley de Dios y la santidad de la Orden, contribuyendo a inflamar las pasiones de los hombres. ¿Qué era Tilín sino la personificación monstruosa de aquella misma guerra salvaje, de aquel bando osado, violento, sedicioso, rebelde a toda ley? Sí, ella había consagrado a la infame hidra la vehemencia, el interés, las simpatías y aun el amor que a su Esposo debía, y en castigo de esta infidelidad, el ofendido consorte había permitido que la infame hidra se volviese contra ella y la hiriera con una de sus más ponzoñosas garras. Bien, muy bien: la lógica de este razonamiento irradiaba en la conciencia de la noble mujer como un reflejo de verdad divina.

Consecuencia inmediata de tal lógica fueron los azotes que la religiosa se administró, maltratando tan sin piedad sus hermosos hombros y espaldas, que si alguien la viera se habría apresurado a impedir tal desafuero contra una de las más bellas obras del autor de todas las cosas y carnes. Parte de la noche estuvo en vela la madre, orando con fervor, y al día siguiente púsolo todo en conocimiento de su confesor, de quien recibió absolución completa y los más saludables consuelos. Más tranquila después del acto religioso, sor Teodora rogó a la madre abadesa que la impusiera una tarea cualquiera, aunque fuese de las más penosas. La madre abadesa mandole que barriese todo el claustro, y apenas cogiera sor Teodora la escoba para dar principio a su obra, vio aparecer a Tilín, que de la sacristía salió con una espuerta de herramientas y algunos pedazos de madera. Pareciole tan horrible y repugnante, que bien pudo conocer Pepet el espanto que causaba en el ánimo de la señora. Quiso esta retirarse; pero él le dijo:

—Una palabra, señora, pues va en ello la salvación de mi alma.

¡La salvación de su alma! Esto era motivo bastante para no huir. A veces una palabra basta a llenar de gracia un corazón y salvar un alma. Si ella podía decir esa palabra, ¿por qué no decirla? La de Aransis no era gazmoña.

—La madre abadesa me ha mandado que clave estas tablas en la puerta —dijo Tilín—. Dios me depara por un instante la compañía de la persona que más amo en el mundo. Señora, si usted no me oye y se va...

Al decir esto, Tilín fijó sus ojos de fuego en el semblante de la asustada monja, y al mismo tiempo mostró un cuchillo enorme que con las otras herramientas tenía.

—¿Qué?... —murmuró ella.

—Si usted se va y no me oye, ahora mismo me parto el corazón con este cuchillo y acabo para siempre.

Diciéndolo mostraba el filo del arma.

Sor Teodora tembló de espanto y no se atrevió a moverse. Veía a Tilín en las agonías de la muerte; veía el convento manchado por la sangre de un suicida, y el horrible escándalo que había de seguir a este hecho. Más muerta que viva tomó su escoba y se puso a barrer a pocos pasos del dragón.