—Señora —dijo este tomando un martillo—. Yo haré por vencerme; pero es precisa condición que usted no huya de mí.

—Malvado —exclamó la monja, recobrando de pronto su energía—, si no temiera ofender a Dios, aquí mismo te rompía la cabeza con este palo. ¿Quién te inspiró tan infames ideas? ¿De ese modo pagas los beneficios que has recibido en esta casa? Sin duda estás dominado por Satanás. Arderás en los infiernos si no te detienes a tiempo.

Y diciendo esto barría.

—Arderé con gusto si ardemos juntos —replicó Tilín, que lanzado por los despeñaderos del sacrilegio, no podía detenerse—. Yo no soy como ningún otro, señora. Veneno y fuego corren ya por mis venas.

—Maldito, para todos hay misericordia; pídela y se te dará.

—No la quiero sin usted... ¿Por qué soy maldito? Porque amo. ¿Quién ha hecho los corazones sino Dios? Si usted estuviera fuera de esta casa, ¿qué mal habría en que correspondiera a mi cariño?... Mi cariño es ahora salvaje y loco... pero sería dulce y tranquilo si no hallara tantas espinas cuando se acerca a su objeto. Todo el mal consiste en que es usted monja, en que viste un hábito, en que hizo votos... ¡Ay, señora! Hace doce años, cuando le cortaron a usted el cabello... yo era niño y usted era ya una mujer que podía haberse casado con cualquier hombre... Pues digo que cuando le cortaron a usted el cabello sentí que una espada fría me atravesaba el corazón. Desde aquel instante la quiero a usted y la adoro más que si estuviera en los altares.

Sor Teodora iba a contestar; pero no pudo y siguió barriendo.

—Eso de ser monja —añadió Tilín, clavando un clavo— es lo que me atormenta. Yo digo que a veces es Satanás quien hace los conventos. Este por lo menos, obra suya es... No me hable usted de Dios, ni me llame irreligioso ni sacrílego... todo eso será verdad, será verdad; pero no quiero oírlo... Demasiado me atruena la tempestad que zumba en mis oídos... Hay un medio de cortar este mal, señora —añadió suspendiendo su obra y mirando a la monja con fijeza y una especie de éxtasis deleitoso, que le hacía poner los ojos en blanco—, hay un medio. Usted que es tan santa, usted que conseguirá de Dios cuanto le pida, pídale que le arranque esa soberana hermosura; que le apague la luz de esos ojos divinos; que le quite esa gracia y ese encanto hechicero prestado por los ángeles del cielo; que le prive de ese noble continente y de ese modo de mirar, el cual parece que va repartiendo dones donde quiera que vuelve los ojos; pídale usted esto, y entonces... no, entonces tampoco dejaré de quererla, tampoco entonces.

Sor Teodora volvió el rostro. Creía sentirse estrangulada por una serpiente que se enroscaba en su cuello.

«Este miserable no tiene salvación —pensó—. Abandonémosle».