Y dio algunos pasos para alejarse.
—Señora —gritó Tilín lleno de despecho—, nos veremos, nos veremos cuando usted menos lo piense.
Esta audaz despedida, que era una amenaza, despertó tal cólera en el ánimo de la de Aransis, que se volvió y dijo:
—¿Pues qué, menguado y vil hombrecillo, todavía esperas que he de tolerar una vez más tus groserías? Yo te juro que es hoy el último día que pondrás los pies en esta casa.
—Eso dicen, señora. Ya me ha mandado la madre abadesa que no vuelva más, porque el capellán se ha quejado de mis entradas aquí.
—¿Lo ves, lo ves, execrable víbora?
—Sí, ya me han prohibido la entrada, y en cuanto clave esta puerta, adiós para siempre San Salomó, mi querido San Salomó, donde está mi vida toda... Pero volveré, señora, yo juro a usted que me verá cuando y donde menos lo piense. Esto no se puede dejar.
La monja sintió que su terror se aumentaba. La imagen detestable de Tilín se le presentó lo mismo que el terrible individuo que está a los pies de San Miguel.
—Volveré —repitió Tilín levantándose y recogiendo las herramientas—. Hasta luego, señora... No se digna mirar al pobre condenado. Señora.
La monja se alejaba rápidamente. Huía como se huye del monstruo más horrendo.