—Sí..., me condenaré... —murmuró Tilín—. Ya estoy condenado... Sí, ya lo estoy; sí, ya no puedo salvarme.

El sacristán-guerrero, absorto en sus pensamientos, no vio a la madre abadesa que hacia él venía.

—Tilinillo —le dijo la señora—, antes que te vayas, arregla el emparrado de la huerta. Ya ves que con el peso de los racimos y lo mucho que ha crecido la vid amenaza caerse uno de los palos y rompernos la crisma el día menos pensado. Ponle un par de clavos y nada más.

—Ya había pensado en ello, señora. Voy a traer la escalera grande que hay en la iglesia. Compondré el emparrado, y también daré una mano de cal a las tejas del palomar que se están cayendo.

—Bien, hombre, bien: todo se te ocurre —dijo la madre entusiasmada con la previsión del sacristán-soldado—. Yo no tendría inconveniente en que siguieras entrando aquí. ¿Qué importa? Tú eres bueno; te hemos criado desde niño... sabes respetarnos y nos quieres mucho... pero el señor capellán me ha dicho hoy que esto no puede consentirse... y hoy te despedirás de nosotras. Pero vendrás a vernos por el locutorio, ¿no es verdad?

—Sí, señora: volveré por el locutorio.

—Espero que otra vez tomarás parte en la campaña. ¡Qué injusto ha sido contigo ese bribón de Pixola! Ya le he escrito a Jep... Por las espinas de Cristo, que es un dolor ver oscurecido a militar tan valiente. Es lástima que no hayas ido a Manresa.

—Aún es tiempo: iré.

—¿Con la gente de aquí?

—Con la gente de aquí o conmigo solo.