—¿Cómo estás aquí, sacristanillo? —preguntó el carnicero con asombro.
—Ladrón, estoy porque he venido —replicó el joven, indicándole con un gesto que se apartara.
—¿Por qué saliste de Solsona?
—Porque me dio la gana, borracho.
El furor bélico de Tilín daba a sus palabras extraordinario brío. Si Pixola en aquel instante se le pusiera delante en ademán hostil, de seguro le partiera en dos, como hacían los caballeros andantes con los endriagos y monstruos fabulosos. Pepet habría deseado que el Ayuntamiento de Manresa fuera altísimo castillo con formidables torres y baluartes, para acometerlo y asaltarlo, despreciando el ardor de los defensores, y hacer allí uno de esos admirables desatinos que son pasmo de los siglos; pero cuando más sublimado estaba su espíritu con esta idea, y cuando sentía en su grado más alto el delirio de la matanza y el espeluznamiento de la embriaguez marcial, viose que los sitiados no se defendían: un pañuelo blanco se agitó en la ventana, acudieron parlamentarios, entró y salió un fraile llevando recados, y todo acabó.
—¡Cuando yo digo —murmuró Tilín hiriendo el suelo con furibundo pie— que ni aquí hay guerra, ni plan, ni soldados, ni idea ninguna, ni decencia, ni valor, sino una comedia indecente...!
Los oficiales y soldados del rey fueron al punto desarmados, y Jep, tomando posesión de la Casa municipal, procedió a la formación de la indispensable Junta. Mientras se nombraba, los frailes y canónigos se confundían en las salas del edificio con los guerrilleros y jefes de somatén. Parecía aquello un mercado de infames ambiciones en que la vanidad cotizaba los servicios de cada sujeto en las campañas de la intriga. Un lenguaje soez, compuesto de los vocablos más populares, sobresalía entre aquel tumulto como el espumarajo que corona las olas agitadas del mar. Sobre aquel espumarajo de dicterios, de voces de venganza, de insultos y de blasfemias, se destacaron al fin los nombres de los elegidos para componer la Junta: el padre Vinader, de la Orden de mínimos; el canónigo Quinquer, el guerrillero Caragol, el médico don Magín Pallás y el regidor San Martín.
Durante la elección, unos cuantos desalmados de la horda de Pixola invadieron la casa del gobernador; arrastraron, sacándola del lecho donde estaba enferma, a su esposa; y ya les tenían a ambos en medio de la plaza con los ojos vendados para fusilarles, cuando don José Saperes (Caragol), que era el más humano de los junteros, acudió y pudo impedir un horrible crimen. Los demás atropellos no fueron de consideración. Pero gran parte del vecindario abandonó la ciudad en la mañana siguiente, buscando refugio en Barcelona.
Inútil es decir que el primer cuidado de la paternal Junta fue publicar una proclama y dar las consabidas órdenes para que todos los oficiales se presentasen, sin que se olvidara la cobranza de un año de contribución y el reclutamiento de los quintos del último reemplazo. La tradición revolucionaria fue escrupulosamente cumplida, probándose que no en vano habíamos tenido en nuestra historia cursos completos de motines. La santa causa del Trono y del Altar, como decía la proclama de Manresa, que poco después fue quemada por la mano del verdugo, como lo fuera años antes la Constitución del 12, plagiaba ramplonamente a los demagogos de las Cabezas de San Juan.
El día después de la toma de la ciudad, Jep dels Estanys trató a Tilín con desvío, no demostrando admiración de sus dotes militares, y después de preguntarle si tenía buena letra lo puso a escribir oficios. Mucho disgustó a nuestro héroe verse en la triste condición de escribiente; pero no quiso manifestar su cólera. El mismo Jep debió conocer cuánto le mortificaba la inacción.