—Mira, Tilín —le dijo al día siguiente—: me ha hecho notar el señor Pallás, individuo de la Junta y médico de la ciudad, que las calles están llenas de inmundicias y que esto puede ser causa de enfermedades. No es natural que nuestros bravos chicos se ocupen en limpiar las calles, ¿verdad?
—Tiene razón vuecencia —repuso Tilín, decidido a dejarse fusilar antes que envilecer su persona con el oficio de barrendero.
—Pues, mira, Tilín: vas a hacer lo siguiente. Ya sabes que la cárcel está llena de presos. Son los liberales y toda la gentuza negra de Manresa... conozco a algunos. Esos son los que van a poner a nuestra ciudad como el mismo oro. Llévate un par de docenas de hombres armados, entra en la primer tienda donde encuentres escobas y cubos, y toma tantos como sean los presos... me parece que estos pasarán de veinte. Luego vas a la cárcel, sacas a los negros, y a cada uno le pones en la mano su escoba y su cubo. Ellos limpiarán y tus soldados les vigilarán. Al primero que se niegue al trabajo, o murmure de nosotros, o pronuncie algún vocablo contra el altar y el trono, me le dejas en el sitio. No te digo más.
Ni él necesitaba más. Aquella tarde se hizo todo como lo había mandado el jefe, y las calles quedaron limpias de inmundicias. No así el corazón de los apostólicos, que cada vez se enfangaba más.
El héroe de San Salomó había de tener otros empleos y ocupaciones durante su residencia de cerca de dos meses al lado de la Excelentísima Junta Superior. Un fraile que acompañaba a Jep en calidad de jefe de división, y que tenía la audacia de escribir furibundos libelos con la horrible firma de El padre Puñal, quiso tomar a Tilín por ayudante. Negose este, y un día se trabaron de palabras. Cada cual sacó a relucir su jerarquía militar. De las palabras vinieron a las acciones, y Tilín tuvo la suerte de poder pasearse sobre las costillas de su enemigo, a quien no dejó hueso sano. El escándalo fue grande, y Pepet pasó a un calabozo, de donde le sacó días después otro fraile que le tenía grande afición. Viose luego maltratado por Jep dels Estanys y favorecido por Caragol; pero fue víctima de las hablillas, y una mañana Caragol le llamó simple.
Su carácter impetuoso, su afán por sobresalir y su indómita soberbia, diéronle fama de díscolo y revoltoso, y nadie hacía buenas migas con él. Sus mejores amigos le abandonaban, y si hubiera intentado echarse al campo con un somatén de su propia pertenencia, no habría encontrado quince hombres que le siguieran. Aquella esfera de vulgaridad y de bajeza era muy impropia para el desarrollo de su carácter despótico y soberbio, que necesitaba acción incesante y vasto campo para ejercer su dominio. Aquella guerra no era guerra: era una campaña de rencillas, de insultos, de miserias, de contiendas mezquinas, semejantes a las disputas de las verduleras. Una revolución grande y atrevida, una de esas revoluciones descarnadas que atacan lo más firme en nombre de cualquier idea fija y van derechas a su objeto hasta que vencen o se estrellan, hubiérale sobrepuesto a la multitud, personificando en su ruda figura todas las violencias disfrazadas de justicia, la firmeza heroica y quizás todas las maldades y excesos de la pasión humana; pero en aquella sentina de maquinaciones frailescas tenía que hundirse necesaria y fatalmente. Era inepto para toda intriga. Capaz de los más febriles arrebatos del valor y de la audacia, en la ociosidad de la plaza ganada no era más que un pobre monaguillo.
El fraile que ya a fines de septiembre le había sacado de la cárcel, le demostraba siempre mucho cariño. Regalábale frutas y dulces de monjas; pero con confites no se conquistaba el corazón inmenso del voluntario realista. Un día el padre Bernardino de Chirlot le dijo:
—Querido Armengol, si hubiera muchos hombres como tú, fácil sería dar al traste con ese fantasmón orgulloso que tiene forma humana y se llama Caragol. Yo sé que muchos religiosos verían con gusto a la actual Junta disuelta a puntapiés y nombrada en su lugar otra de verdaderos católicos... A todas partes llega el francmasonismo.
—Padre Chirlot —dijo Tilín, ebrio de cólera—, tan canalla sería una Junta como otra, y tan bestia es Caragol como todos los demás. ¿Quiere usted sobornarme para una sedición?
—Todo sería que te dieran medios para ello —replicó el fraile, acariciándose la luenga barba roja, semejante a la cola de un caballo.