—¿Me darían dinero?
—Tal vez —dijo el capuchino con malicia.
—¿Y hombres?
—Tú los buscarías. Con dinero convertirás las piedras en hombres.
—¿Y el objeto?..., ¿el fin?... ¡Ah, padre Chirlot de todos los demonios, para farsa asquerosa basta ya! Váyase usted con Barrabás.
Y se retiró, dejando al fraile medianamente corrido.
Al llegar al alojamiento del general en jefe, vio a este en la puerta con las manos metidas en la faja, paseando de largo a largo.
—¡Monago! —gritó Jep dels Estanys.
Este nombre causaba a Tilín enojo violentísimo, que no se atrevía a manifestar por temor de hacerse más ridículo.
—¿Qué manda vuecencia? —dijo.