—Señora —balbució Tilín dando un paso y cerrando la puerta tras sí—, no hay que temer nada de este miserable... No vengo más que a pedir perdón, señora... Este miserable...

Procurando dominarse, la monja se levantó para salir y pedir socorro. Tilín la detuvo con mano de hierro, y precipitadamente le dijo:

—Si usted llama, vendrán y seré descubierto, y habrá escándalo; mientras que si se calma y me oye un instante, nada más que un instante, me marcharé pronto, la dejaré tranquila para siempre, señora, para siempre.

—No quiero —dijo sor Teodora, intentando desasirse—. Voy a llamar.

—Por Dios y la Virgen María que a mí me han desamparado, señora, óigame usted. Si usted grita me marcho, y si me voy no sabrá una cosa que le interesa mucho.

—Nada tuyo puede interesarme —exclamó ella ardiendo en ira—. Malvado, te aborrezco.

—Eso al menos es algo —murmuró Tilín, con sarcástico gozo—. Yo no vengo sino a pedir perdón y a ver por última vez, por última vez, a quien me aborrece.

Se dejó caer de rodillas y besó el suelo.

—Antes de privarme para siempre de ver la luz de mi vida —exclamó con voz ahogada—, he querido besar estos ladrillos. Era un deseo ardiente; no quiero morirme sin satisfacerlo. ¡Besar estos ladrillos! Es lo único que puedo alcanzar. Con poco se contenta el malvado aborrecido.

Absorta y petrificada, la de Aransis permaneció en medio de la celda con los ojos fijos en Pepet y las manos cruzadas. Los elegantes pliegues de su hábito blanco daban a aquella imponente figura belleza y majestad.