—Aquí está el hombre más infeliz del mundo —dijo Tilín, tocando los ladrillos con su frente—; aquí está el polvo más vil que Dios tiene en el mundo, con forma de hombre. Vilipendiado, aborrecido de todos, sin gloria, sin honra, sin porvenir, sin ilusión alguna, este miserable no ve ya más que tinieblas y ruinas delante de sí... ruinas y tinieblas.
Miró después a la señora y le pareció más aplacada en su enojo.
—¿Y ni siquiera ha de merecer un ligero consuelo en su corazón? ¡Esto es horrible, señora! Los perros son más felices que yo. Soy criminal; pero ya que no puedo verme amado, quiero tener el único placer que me es lícito: el de verme perdonado.
—Sal de aquí al instante —dijo la madre con brío— y te perdono.
—Saldré, señora, saldré —replicó Tilín sin levantarse del suelo—. Mi vida es el infierno. Para comprender mi estado, no imagine usted las llamas y las calderas hirvientes de que hablan los predicadores; eso no basta, eso es frío y descolorido: imagine usted la falta absoluta de esperanza y de ilusiones, la ruina completa de todo lo que edifica el espíritu... Ese es el infierno en que vivo yo. Mi único alivio será que usted me mire un rato sin ira, que me permita estar aquí, y hable conmigo... y me diga, me diga: «Tilín...».
—¡Ni un instante! Malvado sacrílego... Demasiadas pruebas te doy de mi bondad, pues que te escucho.
—Un momentito, señora; muy poco, muy poco tiempo...
—Nada.
—¡Estoy condenado!
—Condénate cien veces.