—¡Condenado por usted! ¡Por usted! ¡Por usted!

Y levantando la faz lívida hacia ella, añadió con voz ronca:

—Condenado por ti, monja, que pareces hechicera.

Y se cogió su propia cabeza por los cabellos, como cogería el verdugo la del recién degollado para mostrarla al pueblo.

—¡Condenado por ti! ¡Por ti! —repitió ella—. Por tu execrable maldad y sacrilegio.

—Pues bien, señora: perdón, perdón; yo pido a usted perdón. Pero démelo sin ira, sin enfado, sin repugnancia, con aquella voz dulce y angelical con que me hablaba en mi niñez, con aquel mirar tiernísimo y aquel trato seductor que era mi encanto en tiempos mejores.

—Te perdono, márchate, y no vuelvas más aquí... Huye de mí, demonio del infierno. La religiosa se cubrió el rostro con muestras de horror, y estremecimientos nerviosos sacudieron su cuerpo.

—¡Ni un momento siquiera! —murmuró Tilín apretándose el corazón.

Miró a la monja, y la monja le miró a él. Grande fue la sorpresa de sor Teodora al ver lágrimas en las atezadas mejillas de aquel hombre que tanto se parecía a un volcán por tener el centro de fuego y el exterior de piedra.

—Te perdono —dijo la madre con lástima, pero siempre con el mismo terror—. Vete, vete; te digo que te vayas. Infame bandido, que has escalado los muros de la santa casa, huye de aquí: ¿no temes la maldición de Dios?