—¡Dios!... ¡Dios!... ¿Para qué hablar tanto de Él? Mi Dios es otro. Si usted me permite estar un poco más, y contemplarla y referirle mis penas... mis penas, que son grandes, atroces...
—No permito nada.
Tilín dio un suspiro y se levantó. Su semblante, desconcertado y contraído, parecía el semblante de un reo de muerte momentos antes de subir al patíbulo.
—¡Mal rayo! —exclamó con desesperación—. ¡Que el mundo sea así y no de otro modo! ¡Que existan estas paredes y estos votos, y estas rejas horribles!
Con fiereza revolvió los ojos por la estancia.
—Adiós, señora —dijo en tono y con ademanes de loco.
Sor Teodora le señaló la puerta.
Acercose Tilín a la monja, retrocedió ella. Acercándose él más y bajando la voz, le dijo:
—Antes de llegar los dos al otro mundo, nos veremos. Adiós.
Cuando él salió de la celda, sor Teodora dio algunos pasos para observar por dónde iba; pero faltáronle las fuerzas, consumidas en aquel cuarto de hora de angustias infinitas, y sintiéndose acometida de un desmayo, se dejó caer de hinojos, apoyó la frente en la silla, y perdió por un instante el conocimiento y el uso de sus claros sentidos.