—¿Quién es usted?

—¿Tan desfigurado estoy que no me conoce? —dijo acercando su rostro al de Pepet.

—¡Ah! es el señor Servet, si no me engaño.

—El mismo; y si por carácter no fuera discreto, seríalo ahora por tratarse de un hombre a quien eternamente debo gratitud por la libertad que me ha dado.

—El demonio cargue con usted y con su gratitud —replicó Tilín, cuyo enojo no podía aplacarse con las corteses manifestaciones del que en tan mala ocasión le había sorprendido.

—Y con el mal humor de usted —añadió el llamado Servet—. En ninguna parte está mejor un secreto que en el pecho de un hombre agradecido. Si en vez de ser yo quien pasaba por aquí hubiera sido otro, el señor Tilín habría tenido un disgusto. Mañana sabría toda la ciudad que las monjas de San Salomó...

—¡Por las patas y el rabo de Satanás! —gritó Tilín con ira—, que si usted habla mal de las señoras o las ultraja, aquí mismo le arranco el corazón. Tengo ganas de matar a alguien.

—Hombre, ¡qué capricho!... Pues a mí me pasa lo mismo —dijo Servet flemáticamente—. Aquí tengo dos pistolas y un cuchillo de monte que me ha dado el señor de Guimaraens.

—Pues vamos —gritó Tilín como un insensato, dando algunos pasos hacia la puerta del Travesat.

—¿A dónde?