—A matarnos.

Si la noche hubiera estado clara, se habría visto en los ojos de Pepet Armengol el brillo siniestro de la locura.

—Eso debe meditarse antes —dijo el caballero don Jaime con gravedad no exenta de burla—. Mi vida actual no es precisamente de las que merecen el nombre de deliciosas; pero ¡qué demonio!, es preciso llevarla a cuestas, y la llevaremos; no faltará un cabecilla que nos alivie de ese peso.

—¡Déjeme usted... déjeme usted solo! —exclamó Tilín apoyando su cuerpo en la muralla de la ciudad y hundiendo la barba en el pecho.

—Pues adiós, adiós. Nunca me ha gustado ser importuno.

El caballero dio algunos pasos para alejarse. Con violento ademán se abalanzó Tilín hacia él, y deteniéndole por un brazo acercó el martilludo puño a su rostro y le dijo:

—Si usted deja escapar una palabra, una palabra sola que ofenda la honra, la fama y la santidad de las señoras de San Salomó, encomiéndese usted a Dios. ¿Está entendido?

—Entendido. Yo no he visto nada. Puede volver a subir si gusta.

—No subiré más, no. No subiré más —bramó el voluntario moviendo la cabeza con desesperación—. Y si subo o no subo, a usted poco le importa. Las madres de San Salomó son honradas. No hay ninguna que no lo sea. Yo soy el criminal, ellas no.

Servet encogió los hombros y volvió a retirarse.