—No, no se vaya usted —dijo Tilín deteniéndole primero y siguiéndole después.
—Pronto cambiamos de parecer, amigo.
—Yo no tengo amigos. ¡Ay!, si tuviera alguno le pediría un consejo.
—Pues cuente usted que yo soy ese amigo y ábrame su corazón.
—No, no, no. Mi corazón no se abre, no puede abrirse; está ya soldado con plomo derretido.
—¡Qué exaltación, señor Tilín! Vámonos de aquí. Entraremos en la taberna de Mogarull o de Guasp, y beberemos un poco para que al buen guerrillero se le despeje la cabeza.
Tilín se dejó llevar como un idiota.
—Yo siento haber sorprendido un secreto tan delicado como el que acaba de descubrirme la casualidad —añadió el caballero mientras se internaban en la ciudad—. Pero no es culpa mía, sino de la Providencia. Yo entré por la puerta del Travesat. Venía de casa del señor de Guimaraens, que, entre paréntesis, si debe a usted la libertad, no puede olvidar que le debe también la prisión, y aguarda una coyuntura para desollarle vivo. Mi señor don Pedro, luego que salimos de la cárcel, me llevó a su casa, diome de comer y de vestir, obsequiándome con tanta finura que no sé cómo pagarle. Todo cuanto he necesitado lo ha puesto a mi disposición menos una cosa que me hace suma falta: un caballo, un caballo, señor Tilín, que me lleve a la frontera antes que estos benditos apostólicos vuelvan a prenderme.
—¡Un caballo! —repitió Tilín sin atender a la narración de Servet.
—El señor de Guimaraens, que salió anteayer para Cervera a ponerse a las órdenes del conde de España..., ¿no sabe usted que tenemos encima las tropas reales?..., se despidió de mí con grandísima pena y me dijo: «Querido Servet, siento no poder darte un caballo; pero te ofrezco mi tartana, que es la mejor pieza que rueda en Cataluña». ¡Donoso regalo! Heme aquí, Tilín amigo, dueño de un coche que de nada me sirve y que daría por la pezuña de un caballo.