Desde este momento Pepet se resignó con su nuevo bautismo.

El capellán de San Salomó, hombre instruido y amigo de las letras, había puesto particular cariño a su acólito y quiso enderezarle por el camino de la Iglesia docente. La tentativa no tuvo resultado, y Pepet mostrose tan rebelde al latín, que mosén Crispí de Tortellá diputó a su protegido como el más torpe y zafio de los hombres. No obstante, Tilín cobró grandísima afición a los libros del capellán, y se pasaba largas horas en la excelente biblioteca de este, leyendo obras de historia que eran las que sobre todo lo escrito le enamoraban. Reprendíale mosén Crispí por su antipatía a los poetas y a los teólogos; pero Tilín, firme en sus gustos como todo aquel que los tiene de veras y desconoce el capricho, estrechaba más y más su exaltado consorcio con Plutarco, Solís, Tito Livio, Masdeu, Mariana y todos aquellos que hablaran mucho de guerras, trapisondas, matanzas, heroicidades, asaltos y acometidas.

Durante aquel tiempo hízose su carácter más sombrío y taciturno, y empezó a padecer tan lamentables distracciones, que las madres se quejaron de ciertos descuidos en el servicio de la iglesia. Durante tres, cuatro o quizás cinco años (pues no hay gran exactitud en las fechas anteriores a la presente historia), prosiguieron las horas taciturnas de Tilín, así como los quejumbrosos murmurios de la madre abadesa y los fruncimientos de cejas de sor Teodora de Aransis a causa del mal servicio. Esta solía amonestarle suavemente en tono de madre a hijo, aunque la diferencia de edad entre ambos no pasaba de diez años, que debía cargarse en la cuenta de la siempre hermosísima monja; y un día que halló coyuntura para decirle cosas que ha tiempo meditaba, le habló en la huerta de esta manera:

—Tilín, tu conducta no es la de un buen sacristán; no es tampoco la de un hombre agradecido. La madre abadesa ha dicho que si sigues descuidándote en el servicio de la iglesia, se verá precisada a ponerte en la calle.

Tilín se estremeció, y con muestras de espanto repuso:

—¡Me echará la señora!

—No lo sé..., quizás no. Yo espero te portarás bien.

—¡Portarme bien! —exclamó Tilín con sarcasmo—. ¿Y qué llaman portarme bien?

—Hacer todas las cosas al derecho, y no equivocarse en la misa, y tener bien limpio todo el metal, y no dejar la mitad de las luces sin encender, y hacer todo como lo hacía el buen Tilín de otros tiempos, que era como un oro, cuidadoso y puntual.

—El otro Tilín... —murmuró Pepet como si estuviera lelo—. ¡Ay! Aquel era un niño y yo soy un hombre.