—¡Un hombre! ¡Ah! ¿Por qué no completas la idea? ¿Por qué no dices «un ambicioso»?

—Señora —afirmó Tilín con súbita energía que asustó a la hermosa monja—. Yo sacristán es lo mismo que el demonio con casulla... Se acabó, se acabó...

—¡Ah, tunante! —replicó Teodora de Aransis con emoción—. ¿De ese modo tratas a las pobres monjitas que te han criado? ¡Qué ingratitud!...

—Señora, yo no sé lo que digo —manifestó Pepet, pasando la mano por su ancha frente, semejante a una convexa placa de bronce rodeada de crines—. Hace tiempo que me siento como loco, tonto, maniático o no sé qué... Yo no puedo olvidar lo que debo a las buenas madres... Yo no quiero dejar esta casa; pero yo quiero... yo deseo probar que Tilín sirve para algo más que para sacristán de monjas.

—Tilín, tú eres un ambicioso, un alucinado, un pecador que está sediento, sí, con la abrasadora sed del mundo —dijo la madre tomando tanto interés en aquel tema que sus mejillas se tiñeron de ligero rosicler—. Tú estás dominado por Satanás, que te quiere arrastrar al mundo, al pecado. Tu alma se pierde, Tilín; que se pierde tu alma... Cuidado, detente; cuidadito, hijo mío... Por ser ambicioso como tú, un hermano mío a quien quise y quiero con toda mi alma, ha sido muy desgraciado. Abandonó la casa de mis padres, metiose en las bullangas del mundo, y hoy le tienes emigrado, pervertido por el jacobinismo. Es al mismo tiempo el amparo y el tormento de mi anciana madre.

Cruzó la mano como si suplicara, y parecía que de sus enrojecidos ojos iban a salir lágrimas.

—¿Qué deseas tú, qué quieres? —añadió—. ¿Cuál es tu ambición? ¿Quieres ser rico, quieres ser poderoso?

—No.

—Si no estuvieras en esta santa casa, ¿qué posición, qué oficio elegirías tú?

Tilín irguió su cabeza, y echando lumbre por los ojos, exclamó prontamente: