—El de soldado, el de guerrero.
—¡Ah! —exclamó burlonamente sor Teodora de Aransis, arrancando unas hojas de sándalo y oliéndolas—. ¿Conque te gusta matar gente?... ¡Bonito oficio! ¡Oh! Se puede ser guerrero y santo al mismo tiempo. Ahí tienes a San Fernando, a San Jorge, a San Luis. En el mismo cielo hay milicias angélicas de que es capitán el gloriosísimo San Miguel.
La expresión profundamente desconsolada del rostro de Pepet indicaba que no era su deseo figurar en las milicias del cielo, sino en las de la tierra.
—Yo soy un desgraciado que delira despierto —murmuró con desaliento—. Si usted me promete no reírse, yo le contaré todo lo que pienso y siento, cosas que ciertamente la maravillarán, haciéndole sentir por mí... no sé si diga interés o lástima.
—Quizás las dos cosas. Ya te escucho.
La monja se sentó en un banco de piedra; Pepet en una carretilla de transportar escombros.
IV
—Yo, señora —dijo Tilín—, no tengo vocación para la Iglesia ni para estar metido entre monjas. Desde muy niño, y cuando andaba solo por los montes de Cadí saltando de peña en peña y descolgándome por los precipicios; trepando a los picachos y metiéndome en las cuevas donde se esconden las bestias feroces; vadeando torrentes y rompiendo jaras y malezas como el jabalí que se abre paso con los dientes, desde entonces, señora madre, yo no tenía más que un pensamiento... ¿Cuál? Pues meter ruido en el mundo. Me parecía que yo estaba destinado a hacer trastornos, a luchar... y vencer, se entiende; todas mis trapisondas habían de concluir con vencer, poniendo bajo mis pies a los pillos que no habían querido reconocer mi grandeza.
La monja sonreía.
—Ya sé que la señora se reirá de mí. Es natural; ¡cosas de chiquillos! Dicen que todos los chiquillos sueñan como yo soñaba, aunque cada cual según sus gustos: aquel sueña con verse obispo echando bendiciones, el otro con verse en un teatro representando comedias. A mí nunca me dio por tales simplezas, sino por arremeter espada en mano contra mucha gente, y destrozarla y poner mi ley sobre todas las leyes... Después he ido conociendo el mundo, y a veces me he reído un poquillo, como la señora se está riendo ahora... Pero ¡qué triste es reírse uno de sí mismo, de todo aquello que ha soñado y visto en la niñez!... Muchas cosas que eran grandes se han vuelto chicas delante de mis ojos... Yo he crecido, yo he llegado a hombre, y todavía sueño. No, no nací yo para estar metido entre monjas. Yo vivo con dos vidas, la del sacristán y la del guerrero: con la primera enciendo velas, ayudo a misa, fregoteo plata, toco la campana; con la segunda mando ejércitos, conquisto plazas, allano ciudades, destruyo pueblos, aplasto tronos, conduzco a los hombres como rebaños de carneros, quito y pongo fronteras, todo esto sin dejar de ser el mismo Tilín de siempre, sin enfatuarme, ni gastar lujo, ni probar más alimento que el de los campos de batalla, un pedazo de carne y un vaso de vino; durmiendo sobre el suelo con una cureña por almohada, escribiendo mis órdenes sobre un tambor; siempre valiente, señora, y siempre sencillo, que es la manera de ser siempre grande.