Sor Teodora de Aransis miró a Pepet de un modo que revelaba tanta curiosidad como admiración. Después, expresándose maquinalmente como el corista que repite una fórmula litúrgica, dijo:
—Vanidad de vanidades.
—A veces he creído que estas vidas, señora, venían la una de Dios nuestro padre, y la otra del demonio malo, que inventa tantas picardías para perdernos. Pero no: Satanás no tiene nada que ver en esto. Dios es el que ha puesto este fuego dentro de mí. Hay cosas que no pueden venir más que de Dios: eso se conoce, sí, lo conozco en que cuando pienso en las guerras, todo mi afán de revolver y alborotar en el mundo lleva el objeto de hacer justicia y castigar a los bribones, y poner sobre todas las cosas la religión, y sobre todos los hombres al mismo Dios.
La madre se quedó meditabunda, la mejilla sostenida en la palma de la mano y balanceando el cuerpo hacia adelante. Ya no decía «vanidad de vanidades», sino:
—¡Vaya con Tilín..., vaya con Tilín!
—Dios —añadió este— fue quien me llevó a la biblioteca del señor capellán, donde los libros de historia acabaron de enloquecerme, presentándome escrito lo que yo había supuesto, y ofreciéndome vivo lo que yo había visto soñado. De tanto gozar, yo padecía leyendo, señora. Figurábame que era yo mismo el autor de tantas proezas, y que las había realizado en otra época remota y olvidada. Yo decía: «Lo que fue podrá volver a ser, y tan hombre soy yo como César». Pero al decir esto miraba mi sotana, y caía como un pájaro a quien una bala parte el corazón cuando va volando por el cielo... ¡Mi sotana! Aquí tiene usted el demonio, señora: el verdadero demonio mío es mi sotana.
Tilín dio un puñetazo en el banco de piedra, con tanta fuerza cual si sus manos tuvieran la culpa de su desgracia.
—Sí, señora —añadió—: yo llamo el demonio a este perro destino mío que me ha puesto en situación de no poder ser nunca nada. ¡Un sacristán de monjas! No: en todo lo que he leído no he visto que ninguno de los grandes guerreros fuera en su juventud lo que yo soy. O nacieron en el trono o entre la nobleza, y los que nacieron en el pueblo fueron soldados desde su niñez y jamás conocieron otro oficio. Algunos han dado saltos muy grandes pasando de una posición a otra; pero ninguno vio delante de sí distancias como las que yo veo... ¡Sacristán de monjas!... No, no se concibe que se empiece la vida en una sacristía y se continúe en el Capitolio, o en el campo de Mantinea o en el de Cerinola o en Narwa, donde Carlos XII de Suecia con ocho mil suecos derrotó a ochenta mil rusos. Todos esos hombres han demostrado desde su primera edad el destino que Dios les había dado, y hasta sus nombres parece que son los más propios para la inmortalidad. Epaminondas, Hernán Cortés, el gran Federico, no habrían sido nada si hubieran estado donde yo estoy y se hubieran llamado como yo me llamo. ¡Ay!, este nombre mío es mi muerte, mi esclavitud. Paréceme que tener este nombre es lo mismo que estar encerrado dentro de un arca de hierro o debajo de una losa enorme. Dígame usted, señora madre, con toda franqueza si no es así. ¡Ay!, ¿cree usted que Hernán Cortés habría conquistado a Méjico si en vez de llamarse Hernán Cortés se hubiese llamado Tilín?... No, yo no concibo un libro de historia que se titule: «De la conquista de tal o cual reino por Tilín I», o «Relación de la batalla que ganó Tilín al emperador Fulano».
Las quejas amargas del pobre Pepet revelaban, juntamente con la energía de una vocación entusiasta, el candor más extraordinario. Aquel cachorro de león que mostraba la garra, tenía aún la boca teñida con la leche de la leona madre. La monja le miraba atentamente, y mirándole revolvía en su cabeza atrevidos y desusados pensamientos, que rara vez, como no sea en España, ocupan el amodorrado cerebro de una religiosa. No decía nada por temor de decir demasiado con una sola palabra.
—Y yo —continuó Tilín con acento de desesperación—, no solo veo en mí grandes estorbos para el cumplimiento de mi destino, sino que los veo también fuera. Ya en el mundo no hay guerras. Todo está quieto. España quiere paz y más paz. Después que echamos a los franceses y quitamos a los liberales, no queda nada que hacer. Ni siquiera tenemos un rey intruso a quien combatir: no tenemos más que el legítimo, el verdadero, aquel en quien no se puede poner la mano. Nada, señora: paz y más paz es lo que se ve a derecha e izquierda.