—Mis escrúpulos —indicó sor Teodora con entereza— no me impedirán dar a usted algunos auxilios. ¿Esa herida es grave?
—Es la mordedura de un perro; siento dolores horribles. Después he tenido que trepar por la tapia de San Salomó y me he magullado horriblemente el brazo herido.
«Mi conciencia —pensó la religiosa— no me dice nada contra la idea de curarle esa herida y vendarle el brazo».
Y dirigiose a la alacena para sacar de ella lo necesario.
—¡Oh, señora! —dijo el intruso con fervor—. Ya veo que Dios no me abandona. Perdón, perdón por mis amenazas al entrar aquí, por mi lenguaje descortés. Creí entrar en la caverna de un enemigo, y me encuentro en la morada de un ángel.
Sor Teodora echó vino en un vaso. Parecía muy atenta a preparar la medicina; pero su semblante ceñudo no indicaba gran tranquilidad en su alma.
—Señora y venerable madre —añadió el herido, tomando su puñal y sus pistolas y poniéndolas sobre la mesa—. Ahí tiene usted las armas que le han inspirado tanto miedo. En presencia de un ángel de bondad me desarmo. Me entrego a usted en cuerpo y alma, y estoy dispuesto a obedecerla. Me someto a su autoridad, y si mi bienhechora se arrepiente de serlo y me denuncia, hágalo en buen hora. ¡Infeliz de mí! Antes lo fiaba todo a mi audacia y al arrojo que me infundía el peligro; ahora lo fío todo a la nobleza y a la caridad de esta dama, tan santa como hermosa, que tiene pintada en su semblante la bondad de los ángeles. ¡Bendito sea Dios que me ha traído aquí!
La de Aransis dejó un momento su obra para recoger las armas y ponerlas en otro sitio.
—Soy de usted —dijo el herido con sumisión—. Mi libertad, mi vida, están en sus divinas manos.