—No admito réplica... Fuera, fuera de aquí —prosiguió la monja adquiriendo al fin dominio sobre sí misma y acercándose con paso seguro y ademán imponente al intruso.
—¡Oh, señora!... Cómo me atreveré a pedir a usted un poco más de compasión, un poco, casi nada.
—No oigo una palabra más. Salga usted..., ya no temo sus armas, las desprecio, porque mi deber se sobrepone a todo y al miedo de morir.
—Señora...
El caballero dio un gran suspiro, apoyose en la silla, después dejó caer su cabeza sobre el pecho, y sus brazos desfallecidos extendiéronse a un lado y otro. Volvió hacia la ilustre religiosa su semblante pálido, y con dolorido acento le dijo:
—Estoy herido.
Sor Teodora se quedó cortada y parecía meditar. El forastero caía rápidamente en profundo marasmo. Mortal palidez cubrió su rostro, y su voz sonó cavernosa como la del que agoniza.
—¡Herido! —repitió la monja mirando el brazo ensangrentado—. Es verdad.
—Si la caridad, señora —murmuró el caballero—, no se sobrepone en el ánimo de usted al rencor que le he inspirado, al sentimiento de la profanación de esta casa por mi entrada importuna, a su recato y a sus escrúpulos de monja, declárome abandonado, no solo de los hombres, sino de Dios, y me resigno a morir. No puedo más.
Cerró los ojos, y su abatimiento fue más visible.