—¡En cualquier parte del convento!... No conozco el edificio. Si le registran esta noche para buscarme...
—¿Y quién, quién se atreverá a registrar a San Salomó?
—Quien se ha atrevido a cosas mayores, señora.
—Salga usted al instante de mi celda —repitió Sor Teodora restableciéndose prodigiosamente en el ejercicio de sus facultades intelectuales y vocales—. No puedo tolerar esta profanación horrible. Salga usted y ocúltese... no diré nada. Si usted no se va, gritaré y llamaré a las hermanas. Por pronto y bien que usted me mate, no me faltará un aliento para pedir auxilio.
—¡Oh!, no —exclamó el caballero—. Me arrepiento de mi primer arrebato. No pondré la mano en quien ya me ha prometido un poco de amparo permitiéndome que me oculte en cualquier parte del convento. Ya encuentro una generosidad que no esperaba, y esto me mueve a abandonar el papel odioso que, a pesar mío, hice al entrar aquí. Señora...
El intruso se levantó.
—¿Qué?
—Señora, si yo pudiera mover a compasión el espíritu elevado y piadoso de usted, me tendría esta noche por el más feliz de los hombres. Entré aquí inspirando miedo. Prefiero cualquier beneficio otorgado por la caridad a las mayores ventajas concedidas por el miedo.
—Bien, bien —dijo sor Teodora deseando poner fin a aquella escena, que aún le parecía espantosa pesadilla—. Váyase usted, ¡por las llagas de Jesucristo!... Váyase..., escóndase en cualquier parte... Yo haré que no sé nada... Es lo único, lo único que puedo hacer.
—Yo saldré, saldré —dijo Servet—; pero si usted me lo permite...