—Si usted da un grito de alarma, si usted llama, si usted denuncia de algún modo a la comunidad mi entrada en el convento, me veré precisado a matarla, y la mataré con sentimiento, pero sin vacilar un instante. El peligro me obliga a ser despiadado.
Ya dijimos que sor Teodora de Aransis había creído ver un bulto, un hombre, el dragón. Su sorpresa y terror fueron mayores al ver que no era Tilín el que entraba: era un desconocido.
El miedo, el estupor, la vista del arma terrible cuya punta tocaba su pecho, quitáronle todo movimiento y paralizaron el curso de su sangre y hasta de sus pensamientos, y detuvieron en su garganta la palabra. Solo pudo exhalar un débil gemido, como la cordera próxima a morir, y balbució estas palabras:
—Hombre, no me mates, no me mates.
Había cruzado sus hermosas manos blancas, y con suplicantes ojos, más que con palabras, pedía misericordia al aventurero intruso.
—Señora —dijo este, amenazando siempre con su arma—. No soy un ladrón, no soy un asesino: soy un desgraciado caballero víctima de las discordias civiles y de una miserable venganza. He entrado aquí al azar huyendo de un inmenso peligro; no vengo a llevarme nada ni a faltar al respeto: solo pido amparo por poco tiempo, un hueco, un escondite. Elija usted entre la muerte y otorgarme lo que le pido, comprometiéndose a ocultarme en sitio seguro si, como creo, es registrado esta noche el convento para buscarme.
Sor Teodora no podía decir nada. Convulsión violenta agitaba su cuerpo, y sus ojos desencajados se fijaban en el aparecido como en espectro aterrador. El intruso tuvo una idea. Volviéndose rápidamente cerró la puerta, y tomando una silla sentose delante de ella.
—Señora —dijo gravemente bajando la voz—, mi situación es sumamente desagradable para mí. Mi brusca entrada en esta casa de paz y santidad, la audacia con que he profanado esta celda honesta y venerable, presentaranme a los ojos de usted como un ser aborrecible, espantoso. No podré con palabras hacer que se forme de mí una opinión mejor, no: el peligro en que me veo me ha obligado a amenazar a usted con esta arma que solo usan los malvados... Pero no; yo intentaré..., yo intentaré convencer a usted de que no soy un criminal, sino un desgraciado, el más desgraciado de los hombres. Heme hallado solo en la ciudad, frente a centenares de enemigos... ¿No es legítima mi defensa? ¡Ah!, señora. Mientras yo tenga sangre en mis venas, mientras mi mano pueda empuñar un arma y mi cuerpo pueda sostenerse, no entregaré mi vida a la ferocidad de esa gente, no mil veces... He luchado contra inmensos obstáculos. A punto de caer en manos de mis verdugos, un milagro me ha salvado: la mano de Dios me ha levantado y me ha puesto aquí. Es preciso que yo me salve, no porque estime en mucho mi vida, que poco vale, sino por no dar a esos miserables el regocijo de la victoria... Señora —añadió con noble acento—, perdone usted la violencia de mis palabras y mis crueles amenazas. Han sido recurso impuesto por la necesidad, superior a mi carácter, a mi respeto, a todo; por el peligro que convierte en fieras a los seres más pacíficos.
Sor Teodora empezó a recobrar el uso de sus pensamientos, de sus palabras, de su acción.
—Váyase usted de mi celda —dijo con torpe y angustiosa voz—, salga pronto de aquí, y acójase en cualquier parte del convento. Yo no le denunciaré... yo no.