Siguió observando, y vio que sus perseguidores se detenían al pie del muro, y uno de ellos señalaba a lo alto. Había sospechado, y la idea no había parecido a sus compañeros absurda. Servet les oyó discutir; después miraron todos hacia arriba, como si un secreto instinto u olfato de sabueso les indicase que allí estaba el rastro del hombre perdido. Servet tuvo cuidado de retirar la cuerda. Ellos seguían mirando; al fin retiráronse, quedando algunos como de guardia.

—Esos salvajes —pensó Servet— serán capaces de registrar el convento.

Comprendiendo que allí era grande también el peligro si no tomaba resolución pronta, Servet exploró el lugar a donde su buena o su mala estrella le había llevado, y vio confusamente las negras alas del convento, el emparrado tendido como un puente de verdes pámpanos entre el muro y el edificio, y, por último, una luz en la reja más cercana. Entre tanto, un dolor agudísimo en el brazo recordole que había sido mordido poco antes, y que su herida, ensañada por el esfuerzo últimamente hecho, y por el roce de los ladrillos, podría tomar carácter de gravedad. Su debilidad recordole también que no había comido nada en todo el día, y que era urgente acudir a la restauración de fuerzas tan bien empleadas hasta allí y tan necesarias aún si Dios no se ponía de su parte.

Pronto comprendió nuestro fugitivo que no podía haber dado con su pobre cuerpo en sitio menos a propósito. ¡Un convento de monjas! ¡Buen genio tendrían las madres para recibir a deshora huéspedes llovidos!

La extraordinaria santidad de aquel lugar hacíalo, ¡cosa horrible!, casi tan inhospitalario como el infierno. Pero ni estas consideraciones, que habrían bastado para dar en tierra con el corazón más esforzado, abatieron el de Servet, que confiaba mucho en las soluciones providenciales e inesperadas, en los bruscos cambios de la suerte, o si se quiere decir más clara y cristianamente, en la misericordia de Dios.

Encomendose a Él con todo su corazón y deslizose por el emparrado adelante, poniendo pies y manos donde parecía haber resistencia. Andaba como un gusano, y su situación, con ser tan deplorable, le hacía sonreír. Cerca de él brillaba la claridad de una luz que parecía arder en el recatado y honesto recinto de una celda. La reja estaba entreabierta. ¡Oh, Dios poderoso! En el interior una hermosa monja leía.

El caballero pensó lo siguiente: «Necesito ahora de toda la audacia, de todo el descaro, de toda la sangre fría que puede tener un desesperado».

Entre los peligros, mejor dicho, la muerte segura que había fuera de aquellos muros y las desconocidas soluciones que podría ofrecerle aquella casa, no debía existir vacilación. La inspiración divina que le llevó desde la calle de los Codos a deslizarse como un reptil por entre los pámpanos, podría sugerirle dentro de San Salomó recursos salvadores. Era preciso tener mucho arrojo, firmeza grande en la acción y rapidez suma, lo mismo que cuando se va a dar una gran batalla.

Concibió su plan, y con aquella prontitud aquilífera, que es la cualidad primera del genio estratégico, empezó a ponerlo en ejecución. Saltó a la galería, empujó primero suavemente la puerta de la celda, y viendo que cedía, abriola con fuerza... Entró.

Súbitamente cerró tras sí, y dirigiéndose a la monja y poniéndole su puñal al pecho, le dijo: