Volviendo atrás, corrió a escape en la dirección contraria. Era aquel, más que callejón, un tubo, sin salida lateral alguna. No vio puerta abierta, ni ángulo, ni resquicio. Andaba por allí como la bala por el ánima del cañón. Su fuga era semejante a la que emprendemos en sueños, cuando nos vemos perseguidos por horrible monstruo y no tenemos más escape que correr por larguísima galería que no se acaba nunca, nunca. El monstruo nos sigue, nos alcanza, y la galería, ¡oh angustia de las angustias!, no tiene fin.
Salió por fin a una calle: era la de los Codos. Siguiola en dirección a la puerta del Travesat, porque hubiera sido temerario dirigirse hacia el corazón de la ciudad. Sus perseguidores le seguían; eran muchos: veinte o treinta lo menos, a juzgar por las patadas y los gritos. Decían: «Ahí va, ahí va».
La calle de los Codos era como una zanja formada por la muralla de la ciudad y la tapia de San Salomó. Tres ángulos agudos y contrarios, determinados por los baluartes, hacían de esta zanja un zigzag. Servet apretó el paso. Llegó a un punto en que sus perseguidores no podían verle, porque la noche era oscura y además le protegía la pared saliente de San Salomó. Allí, detrás de aquel gran pliegue del muro, se detuvo para respirar. Pero no había tiempo de tomar aliento, porque los sabuesos venían y sus infames ladridos sonaban cerca.
Con rapidez inapreciable Servet pensó que su única salida era la puerta del Travesat; pero en la puerta había guardia y era más fácil cogerle. ¿Se arrojaría por la muralla? No, porque sería milagro que no se estrellase.
—¡Ah! —exclamó con súbito gozo—. Dios es conmigo.
Alzando su mano la extendió por la pared de San Salomó hasta tropezar con un grueso y fuerte clavo. Se agarró a él, y su cuerpo trepó... Al punto buscaron sus manos una soga; halláronla, y haciendo un esfuerzo desesperado, subió como un marinero. ¡Arriba! Subía con el corazón, con el impulso de su sangre hirviente, con el empuje elástico de sus músculos de acero, con su pensamiento atrevido, con su alma toda.
Una vez arriba prestó atención. La jauría pasaba. Oyó después disputar en la puerta del Travesat. La guardia sostenía que por allí no había salido nadie. Los infames cazadores retrocedían para reconocer la muralla, donde había lienzos destruidos por donde un hombre podía escabullirse y bajar aunque difícilmente al campo. No parecían sospechar de San Salomó, y recorrieron la calle de los Codos, y después salieron al campo, y volvieron a entrar, y tornaron a salir metiendo tanta bulla que no parecía sino que en Solsona andaba suelto el diablo.
XIX
La idea de su triunfo regocijó de tal modo a Servet, mejor dicho, le enloqueció tanto, que estuvo a punto de gritar: «¡Galgos del infierno, no me cogeréis aquí!».
No pudo reprimir la risa que le inspiraba el inútil furor y la confusión de sus perseguidores. Se reía con toda su alma, inundada de una complacencia delirante. Creía sentir bajo su cuerpo la trepidación del convento y del pueblo todo, la cual era como la prolongación de su carcajada.