Y le condujo a una puerta, que abrió. Al verse en un pasadizo oscuro y estrecho, el caballero dijo:

—¿Qué calle es esta?

—El callejón del Cristo.

—¿A dónde va?

—Por la izquierda, a la plazuela de las Tablas; por la derecha, a la calle de los Codos.

—¿Y a dónde sale la plazuela de las Tablas?

—A la muralla y a la cuesta de Peramola, donde están las veinte casas arruinadas.

Servet miró a un lado y otro como el hombre que viendo dos muertes iguales a derecha e izquierda, no sabe cuál preferir. Mas era preciso decidir, y se decidió. Sin decir adiós al muchacho, tomó hacia la izquierda.

Iba despacio, pegado a las casas para ocultarse más en la sombra. Antes de llegar a la plazuela de las Tablas, sintió pisadas de hombres que parecían brutos y una voz que claramente lanzó al negro espacio estas palabras:

—Por aquí ha de salir, por aquí... No puede escaparse.