Volvió a escuchar. Bulliciosa gente se acercaba por la parte exterior.
—¡Ah! ¡Cobarde sayón! —murmuró Servet corriendo a la ventana y abriéndola—. Por esta vez se te escapa la pieza... ¡Maldito seas de Dios!
Mientras sonaban golpes en la puerta, él midió la altura de la ventana sobre el suelo. No era mucha, y aunque lo fuera, no vacilara en arrojarse. Saltó y hallose en un corral. Felizmente había un gran portalón a poca distancia, y entrose por él sin saber a dónde iba. No había dado diez pasos por aquel recinto acotado, cuando se vio acometido por dos enormes perros, de los cuales, a pesar de su brío, no pudo defenderse. Le magullaron atrozmente un brazo y una mano. Un mozo apareció armado de garrote; mas sin darle tiempo a que le acometiera, fue derecho a él Servet, y apuntándole con una pistola, le dijo:
—Si al instante no me abres camino para salir a la calle, te mato. Sujeta esos perros, o si no te mato también.
Sin duda el joven (pues era un joven hortelano de pocos alientos) creyó que se las había con algún personaje de campanillas y no con ladrón o ratero de gallinas, como al principio pensara, porque temblando de miedo le dijo:
—No me mate usted, señor, y le enseñaré por dónde se va a la calle.
Los perros, contenidos por el muchacho, dejaron de acometer al fugitivo.
—¿Es usted...? —balbució el joven.
—Déjate de preguntas... guía pronto y sácame de aquí, porque te mato.
—Venga usted, señor, y guarde esa pistola, por amor de Dios.