—Gracias... Aquí está la llave —dijo Servet, retirando su mano de los bolsillos del señor Guasp.

—¿Sabe usted cuál es el cuarto?

—Ya, ya sé —dijo el caballero dirigiéndose sin precipitación al otro extremo del patio, donde había una puerta que más bien de pocilga que de habitación para hombres parecía.

Mientras abría la puerta, observó a los que le observaban. Eran el individuo de las espesas barbas, su compañero y un tercer personaje con uniforme militar. No distinguió Servet su cara; pero la reconocía en la oscuridad de la noche y la reconociera en medio de las tinieblas absolutas.

El caballero entró en su vivienda y cerró por dentro.

—Ahora —pensó—, que venga a buscarme.

Y se ocupó en cargar sus pistolas. Hecho esto, aplicó el oído a la puerta.

—Ya viene —dijo—, y por el ruido que hace parece que trae un regimiento para cazarme... Bien, señor Garrote: tu cobardía no se ha de desmentir en ningún caso. Traes cien perros contra un solo hombre. ¡Oh! Maldita sea cien veces mi suerte —exclamó hiriendo furiosamente el suelo con su pie—. Me cazará como a un gazapo.

Llevó su mano a la frente y se dio un golpe con ella, como para que del choque brotase una idea. La idea brotó.

—No, no; no seré tan necio que les aguarde aquí. ¿De qué me valdría una defensa desesperada? ¡Ah!, malvado asesino, no sospechaba que fueras jefe de estos bandidos de Aragón y Navarra. Debí creerlo así, porque allí donde hay bandoleros has de estar tú para mandarlos.