Servet salió al patio, que era grande y tenía en uno de sus costados un gran tinglado a cuyo amparo pensaban gravemente caballos y mulas. Púsose a examinar los animales buscando el suyo, y afectando no ocuparse de los que le seguían; pero estaba muy intranquilo, y en vez de caballos y mulas veía los inmensos peligros que tan a deshora le habían salido al encuentro.

De pronto oyó tras de sí la voz del gigante barbudo que gritaba:

—Carlos, Carlos, baja.

Y después la voz de otro que dijo:

—Señor coronel Navarro, baje usted.

Ya no quedó al forastero duda alguna respecto al grandísimo aprieto en que se vería; pero como era hombre de mucho temple, pensó que la precipitación y azoramiento podían perderle. Afortunadamente pasó el mesonero con una cesta de paja, y Servet, formando un plan al instante con la rápida inspiración que infunde el peligro, le dijo:

—Señor Guasp, me siento indispuesto y quiero pasar aquí la noche. Deme usted un cuarto.

—¡Un cuarto! —gruñó jovialmente el tonel con forma y alma humana—. ¿Y de dónde voy yo a sacar un cuarto? Como no quiera usted uno de los cuatro míos.

—¿No hay ninguno? ¿Ni siquiera aquel donde dormían los volatineros hace dos meses?

—¡Ah!... Aquel, sí... Libre está, y si usted lo quiere, saque la llave de mi bolsillo. No puedo valerme de las manos.