Despidiose de su amigo, y como el día anterior, le dijo:
—Quizás nos encontremos en el camino.
Servet entró en la ciudad. Vestía un traje ambiguo que de la cintura abajo era de caballero, y de medio cuerpo arriba de payés, terminando el atavío con la barretina. Su chaquetón pardo con vueltas encarnadas dejaba ver el pecho, donde se cruzaban los curvos mangos de dos pistolas, cuyos cañones desaparecían entre la seda de una faja morada. El pantalón de pana oscura era ajustado y desaparecía en la rodilla, bajo el borde de cuero de sus botas negras con espuelas de plata. A pesar de la suavidad de la estación, no había olvidado la manta necesaria en las altitudes de los puertos del Pirineo.
Sin detenerse más que en comprar avíos para cargar sus armas, encaminose a la posada de Guasp, punto de mucha concurrencia, por ser la parada de todos los carros y caballerías; y, además, por el despacho de vino y comidas, reunía en la oscura y fétida sala baja a todos los holgazanes de Solsona y sus cercanías. Aquella noche el figón rebosaba de gente, y por su enorme puerta chata y gibosa salía un bullicio ronco y un vaho inmundo, semejantes a las blasfemias y al vinoso hálito que salen de la boca del borracho. El humo de los cigarros envolvía el enjambre de bebedores en una nube que hacía palidecer las luces. Componíase tan noble concurrencia de guerrilleros navarros y aragoneses, y estaban discutiendo si seguirían hacia Manresa o se volverían a su país, pues ya la guerra se tenía por abortada. Cuando don Jaime entró, oyó que decían: «Nos han engañado... Nos han tendido un lazo. Esto es una farsa... Volvámonos a nuestra tierra». Algunos hablaban la jerga indefinible en la cual los éuskaros hallan gran belleza eufónica, y que la tendrá realmente cuando sea bello el ruido de una sierra.
Servet buscó al posadero, a quien conocía desde antes de su prisión, y hallado aquel insigne hombre, cuya semejanza con un tonel sostenido en dos patas de oso era perfecta, le preguntó por el caballo que había dejado Tilín. El posadero le contestó que el caballo estaba en la cuadra. Grande era la prisa de Servet, pero su hambre era mayor, y anhelando acallar tan fiero enemigo, pidió un poco de carne asada y vino. Procuraba buscar los sitios más oscuros y huir de los grupos más bullangueros; pero en todas partes había gente. Dirigíase a un rincón, que era sin duda el más ahumado, el más tenebroso y el más fétido del local, cuando viose frente a frente de un hombre alto y proceroso que clavó en él asombrado sus ojos. Para ver a tal hombre, es preciso que el lector se imagine antes una zalea bermeja cuyos abundantes vellones apenas dejan ver unos pómulos rojos, dos ojos azules y una nariz mediana. La zalea era la barba, lo demás la cara del individuo, que apenas tenía frente, y esta desaparecía bajo el borde redondo de una gorra blanca.
Servet le miró también y se estremeció de terror; mas disimulándolo, siguió adelante. Oyó que el coloso barbado decía a otro de poca talla, regordete y moreno:
—Oricaín, mira esa cara.
Y señaló al forastero que quería confundirse entre la multitud. El pequeño dijo al grande:
—Zugarramundi, ¿estás seguro de que es él?[2]
[2] Pueden verse estos personajes en La segunda casaca.