—Contando con el caballo, mañana.

Tilín clavó sus ojos en el cielo. Ceñudo y fosco, parecía leer en la tierra misteriosos anuncios del destino.

—Entonces...

Y dijo una frase que uno y otro, ¡ay!, habrían de recordar más tarde.

Aquella frase era:

—Quizás nos encontremos en el camino.

XVIII

El caballero don Jaime Servet (de quien hemos de ocuparnos ahora con algún detenimiento) se retiró al campo y a la casa de Guimaraens, donde estuvo solo todo el siguiente día. Impaciente y sin sosiego, esperaba la tarde para ir a la ciudad y tomar el caballo prometido: así, cuando comenzó a oscurecer quiso despedirse de la señora Badoreta, que por orden de su amo le había prestado ropa y algunos dineros para el viaje; pero la señora Badoreta no estaba en la casa, y el caballero tuvo que marcharse sin despedirse de ella, y lo que es más sensible, sin comer. Partió hacia la ciudad. En la cabaña situada fuera de la puerta de Travesat halló a Pepet, que puntual había ido a tomar posesión de la tartana. Estaba el guerrillero en compañía de seis hombres cuyo aspecto pareció a Servet harto sospechoso, y aun el mismo Tilín figurósele más sombrío, más ceñudo, más hipocondríaco que de costumbre. Pocas palabras cambiaron. Tilín anunció a su amigo que el caballo le esperaba en la posada de Guasp.

—¿No entra usted en Solsona? —le dijo Servet.

—No, está atestada de navarros y aragoneses. Me repugna esa gente.