—Con la mejor voluntad del mundo —replicó el otro lleno de gozo—. Es un mueble que no me parece mío sino por lo que me estorba.
—Pues yo lo necesito: es para mí de grandísima utilidad.
—Como el caballo para mí. Bendito sea el momento en que entrando por la calle de los Codos, vi descolgarse de la tapia...
—Basta. Usted no ha visto nada.
—Es verdad, amigo y protector mío: nada he visto.
Estipularon en seguida de un modo formal y definitivo el cambio que habían indicado. Servet daría su tartana a Tilín a trueque de un caballo. Mas como el guerrillero no tenía por el momento más que el suyo, o sea el de Jep dels Estanys, hizo solemne promesa de buscar el que Servet necesitaba y de ponerlo a su disposición en todo el día siguiente.
No pudo fijar Tilín punto determinado para verse ambos amigos en el curso de las veinticuatro horas siguientes, «porque —decía— mis quehaceres serán muchos mañana, y no se me podrá ver por ninguna parte».
Al fin quedó concertado que Servet entregaría al día siguiente su coche y fuera al caer de la tarde a la posada de José Guasp, donde hallaría a un amigo de Tilín y con este el deseado caballo. Dándose afectuosos apretones de manos, despidiéronse cuando ya entraban en la plaza los grupos de guerrilleros aragoneses y navarros que acababan de llegar.
—¿Podremos hacer el viaje juntos? —dijo Servet al voluntario.
—De ningún modo —repuso este—. ¿Sale usted mañana?