—No es eso: digo que será favorable... ¡Oh! No, mejor será el viento nordeste.

Y miró al cielo para ver la dirección que llevaban las nubes.

—Norte fijo —afirmó Servet mirando también y riendo de los despropósitos de su nuevo amigo—. Cataluña necesita un poco de fresco para limpiar su atmósfera de lo que viene del sur. También tenemos al rey don Fernando en camino de esta tierra, y según todas las noticias, ya debe de estar cerca de Tarragona. Ese solícito y paternal monarca ha querido venir por sí mismo a aplacar la insurrección... ¿Sabe usted, señor Tilín, que más me huele a cáñamo que a pólvora?

El voluntario no contestó sino después de pasado un rato.

—Todo podrá quedar hecho en una hora —dijo mirando con extravío a don Jaime—, y se hará, se hará.

Al decir esto, oyose lejano y ronco el ruido de los tambores de guerra, y algunos hombres pasaron presurosos por la plaza, disputando. Reuniose bastante gente, y entre el rumor de las hablillas oyose:

—Las facciones de Aragón... ahí están.

—Ahí tenemos ya a la canalla que faltaba —dijo Servet—. Ya vengan a pelear, ya vengan a someterse, conviene evitar su compañía. Buenas noches, señor Tilín.

El voluntario le estrechó la mano, diciéndole:

—Tendrá usted el caballo que desea; pero es preciso que me dé su coche.