—Se dice que pronto llegarán a Solsona. Yo temo volver a visitar los aposentos subterráneos del Ayuntamiento, y usted no debe vivir muy tranquilo puesto que ya está declarado rebelde, y no tardarán en declararle vendido a Calomarde. Sé lo que son revoluciones, y sé cómo se trata en ellas a los que después de haberlas servido las abandonan.
Tilín no atendía a las razones harto discretas del forastero. Abstraído en otros pensamientos, dijo de súbito:
—Yo tengo una casa en Cadí... allá en los bosques de la Cerdaña, donde apenas hay raza humana... ¡Qué soledad, qué soledad tan grande!
—¡Ah! —dijo Servet—. ¡Un buen guerrillero, cansado del mundo y herido en el corazón por los desengaños, se retira a hacer vida de anacoreta en su casa solar! Muy bien. Me gusta esa idea, que responde a dos necesidades urgentes: la de descansar de las fatigas de la guerra, o de los sobresaltos amorosos, y la de ponerse a veinte leguas del conde de España, cuya compañía debe evitar quien estime en algo la vida. Y el conde de España está en Cataluña..., lo que equivale a decir que nuestras cabezas y las cabezas de todos los guerrilleros apostólicos están sobre el tajo. En mal hora vendrán esos valientes navarros y aragoneses, como no vengan, según se ha dicho, a someterse.
—El locutorio —dijo Pepet de súbito— está al lado del camarín, donde guardábamos el altar viejo y las piezas del monumento.
Pasmado se quedó el forastero al oír razones tan incoherentes y que tan mal respondían al asunto de que se trataba. Continuó hablando de la necesidad de huir, de la absoluta perdición de la causa apostólica; y cuando pidió a Pepet su parecer sobre tan importante opinión, respondiole el irritado voluntario:
—De aquí a mi casa de la Cerdaña... cuatro jornadas y cuatro descansos: uno en Regina Cœli, otro en Vilaplana, otro en Nargo, otro en Querforadat.
Oyendo razones tan desconcertadas, Servet pensó que aquel hombre había perdido el juicio.
—¿Cree usted —dijo Tilín echándose las manos a la espalda y dando algunos pasos en contrario sentido—, cree usted, señor Servet, que el viento sur me será favorable?
—Si piensa usted ir en buque...