—Sí lo seré; pero de maldad, de... no sé de qué.
Después meditó largo rato, apoyado en un poste de las arquerías de la plaza de San Juan.
Delante de él, Servet contemplaba su faz sombría, alumbrada a ratos por la mirada, y su fuerte y áspera cabellera, que parecía tormentosa nube pesando sobre un horizonte inflamado en ciertos momentos por la sulfúrea luz del relámpago. El caballero cortó el silencio diciendo:
—Usted se ha malquistado con sus jefes. Es indudable que si le cogen los cabecillas apostólicos le fusilarán, y si cae en las manos del conde de España, le fusilará también. La común desgracia nos hará amigos y compañeros. Ayudémonos mutuamente, y huyamos juntos.
—¡Huir! —murmuró Tilín con sordo gemido—. Yo también huiré.
—Iremos juntos.
—No, yo tengo que hacer algo en Solsona.
Miró al cielo hacia la parte donde estaba San Salomó.
—Lo que más importa es no perder tiempo, porque mañana, quizás dentro de algunas horas, no habrá remedio para nosotros. Ya sabe usted que las facciones da Aragón y Navarra, en la imposibilidad de hacer cosas de provecho en aquellas provincias, vienen a reforzar las de Cataluña.
—Yo no sé nada.