—¿Quién?

—¡Necia pregunta! —dijo Tilín apretando fuertemente el brazo del caballero—. No tengo amigos: yo no confiaré a nadie lo que me pasa... Señor Servet...

—¿Qué?

—Míreme usted.

—Ya miro.

Los dos hombres se contemplaron lúgubremente en la oscuridad de la noche.

—Señor Servet —prosiguió Tilín, acercando más su rostro al de su improvisado amigo—. ¿Es cierto que yo soy horrible?

—No, ciertamente. Un corazón generoso, una figura tosca, aunque enérgica y simpática, no pueden ser horribles.

—¿Entonces, no es cierto que yo sea un monstruo?

—¿Un monstruo?