—Las inmensas fatigas del día de hoy —añadió Servet con profunda lástima de sí mismo— no me han permitido llevar un pedazo de pan a la boca. El hambre y el cansancio me agobian de tal modo, señora, que si usted me arroja de aquí en este triste estado, no podré dar un paso.

La venerable madre volvió a fruncir el ceño. Parecía vacilar. Después dirigiose a la alacena y sacó de ella un objeto que despedía olores gratísimos al olfato: era una gallina asada. Su dorada pechuga, sus gordos muslos medio achicharrados por el fuego, decían «comedme». El hambriento se reanimó solo con la vista de tan hermosa pieza, honra de las cocinas de San Salomó.

Sin decir una palabra, la monja tendió sobre la mesa un mantelito, blanco y limpio como el cuello de un cisne; puso en él la fuente con la gallina, un pan entero y una botella de vino blanco, que en el subido color de oro y delicadísimo aroma indicaba sus muchos años. Hecho esto, sin olvidar el cubierto y un vaso de plata, se apartó de la mesa, y tomando una silla sentose en ella, volviendo la espalda al intruso, que había caído ya sobre la cena. Sor Teodora no acompañó con una sola palabra su acción, ni tampoco con una sola mirada. Tomando su libro de oraciones, se puso a leer.

—Si mil años viviera —dijo el hambriento, después de los primeros bocados—, no tendría tiempo bastante para agradecer a usted lo que ha hecho por mí esta noche, venerable madre.

Hubo una pausa, durante la cual nada se oía más que el ruido del comer. La de Aransis miró de reojo: viendo que el intruso, después de despachar media pechuga y un ala, se detenía, levantose y de la alacena sacó unas lonjas de jamón adornadas con esa filigrana de cocina que llaman huevo hilado y es tan agradable al paladar como a la vista.

—Gracias, señora —murmuró don Jaime—. Mi hambre ha sido satisfecha, y me basta.

La monja sacó también un plato de confituras y se lo puso delante. Sin mirarle ni cambiar con él palabra alguna, volvió a su asiento y tomó su libro. ¡Qué ganas de rezar le habían entrado! Sin duda quería desagraviar a Dios del grandísimo desacato y profanación que la entrada de aquel hombre en su celda representaba. Pero el aventurero se cansó del largo silencio, y deseoso de romperlo, habló de este modo:

—Bien sé, reverenda madre, que el hombre que ha entrado aquí como un ladrón amenazando y aterrando, no merece ser tratado con miramiento ni consideración. Lo más que se puede hacer por él es darle una limosna; pero nada más, nada más.

Sor Teodora no pronunció sílaba ni movió pestaña. Parecía una de esas estatuas en que el arte ha representado a un grave personaje histórico leyendo sobre su sepulcro.

—Bien sé que este hombre no merece consideración —añadió el caballero—. Si se le conociera bien, quizás la tendría; pero no se le conoce, no es más que como un saltador de tapias. ¡Ah!, si se conocieran sus inmensas desgracias, los móviles que le han traído aquí, quizás, quizás no tendría el sentimiento de ver apartados de sí los ojos de su bienhechora. Permítame usted —añadió dirigiéndose a ella— que me duela de este desvío. No estoy acostumbrado a él. He tenido la suerte de encontrar hasta hoy simpatías, afecto, amistad en todas partes. Bien sé que pedir esto en el caso presente sería mucho pedir... He recibido mucho más de lo que podía esperar, y mi gratitud será eterna.