Inclinose profundamente con el mayor respeto.

—Demasiado favor es —dijo sor Teodora sin mirarle— auxiliar a un hombre desconocido que ha entrado aquí como entran los ladrones sacrílegos.

Entonces le miró, y con súbito enojo le dijo:

—¿Pero no se marcha todavía?...

—Espero las órdenes de mi dueño —replicó el intruso inclinando su cabeza.

—Váyase usted.

—¿A dónde, señora?

—Al infierno... ¿Qué sé yo?

—No puedo salir de San Salomó mientras estén en Solsona las guerrillas de Navarra. Me es imposible, señora. Si salgo, mi muerte es segura, entre mis cazadores hay uno que jamás perdona.

—¿Y qué me importa eso? —dijo la monja alzando bruscamente los hombros y cerrando el libro.