—Yo he puesto mi vida en manos de usted, señora; en esas manos que han nacido para ser generosas y que lo serán, aunque usted misma no quiera. He entregado a usted mis armas. Estoy indefenso. Si usted no quiere completar su acción caritativa ocultándome en el convento por esta noche, abra esa puerta, llame a las buenas madres que duermen, alborote la casa, toque la campana de alarma, llame a las autoridades de la ciudad, y entrégueme a ellas. Si usted lo hace, lo acepto; recibiré mi perdición y mi muerte como si vinieran de Dios.
—¿De modo que insiste usted en quedarse aquí? —dijo la de Aransis confusa y asombrada.
—Por mi voluntad sí, señora, porque nadie va voluntariamente a su ruina. Si usted en conciencia cree que debo ser arrojado de este asilo que me deparó la Providencia, arrójeme en buen hora.
—¿Hase visto un descaro igual?... ¡Un hombre en mi celda!... ¡Jesús y María Santísima de mi alma!
La madre se llevó las manos a su preciosa cabeza cubierta con las blancas tocas.
—No pretendo que usted me oculte aquí, sino en cualquier otro sitio donde esté seguro. Lo pido como se piden los favores, no con amenazas ni con armas; usted hará lo que su conciencia le dicte, señora: o entregarme a mis enemigos, o salvarme.
—¿Cómo he de salvar a quien no conozco, cómo? No es virtud, sino pecado ocultar al criminal y ponerle a cubierto de la justicia.
—Yo no soy criminal, ni nunca, nunca lo he sido, señora —declaró el intruso con acento patético y conmovido.
Su acento tenía la admirable entonación del honor verdadero, que no puede confundirse con ninguna otra. Los histriones más hábiles apenas pueden fingirla. Sor Teodora, que tenía su alma fácilmente abierta a la convicción, principió a experimentar hacia Servet las agradables sensaciones que producen los movimientos de benevolencia en el corazón humano.
—Por el que está en esa cruz —dijo el herido extendiendo su mano hacia el crucifijo—, juro que no soy criminal, que no lo he sido nunca, que esta cacería que ahora sufro no es movida por ningún hecho deshonroso.