—¿El cazador de usted quién es?
El caballero vaciló un instante. Comprendiendo que la verdad le salvaría, dijo:
—Es un celoso.
—¡Un celoso! —repitió sor Teodora sintiendo su cerebro cargado de ideas que repentinamente entraron en él.
—Un celoso y además un fanático. Si yo le contara a usted esa historia, usted, que es buena y noble, dejaría de ver en mí un criminal atrevido; y si en el curso de ella aparecían faltas graves, seguro estoy de que me las perdonaría.
—Tal vez no —replicó ella, que había empezado a sentir abrasadora curiosidad sin poder precisar de qué ni por qué.
—Y pongo por testigo a Dios de que la protección que usted se digne concederme esta noche no será mal empleada ni recaerá en persona indigna de ella. No es vanidad, señora, lo que voy a decir: si usted, faltando a todas las leyes de la caridad, diera la voz de alarma y me entregase a mis enemigos, cometería un crimen abominable, porque crimen es entregar al verdugo un inocente.
Sor Teodora replicó frunciendo el ceño:
—Eso podrá ser verdad y podrá no serlo.
—Sí, podrá ser verdad y podrá no serlo. Pero esto no lo ha de decidir el discernimiento frío de un juez, sino el corazón noble y generoso de una dama, de una religiosa, de una santa. Elija usted, señora.