Sor Teodora dio un gran suspiro, indicio cierto del grave compromiso en que estaba su alma, fluctuando entre el rigor de los deberes monásticos y la bondad de su corazón. No siempre va este en perfecto acuerdo con las tocas.
—No me será muy difícil creer —dijo después de una larga pausa— que no estoy delante de un ladrón, bandolero o asesino. Bien veo por su lenguaje que no pertenece usted a esa pobre clase plebeya, de la cual salen todos los malvados. Hasta llegaré a creer que pertenece usted a la clase más alta de nuestra sociedad. Ciertos modales y lenguaje no se adquieren sino habiendo nacido a larga distancia del populacho... Pero hay muchas especies de criminales desde que la política ha trastornado la sociedad, y quizás usted, sin ser precisamente reo de esos feos delitos, propios de la baja plebe, haya cometido otros que me vedarían en absoluto ampararle.
—Señora, no comprendo a usted.
—Desde que me entregó sus armas, desde que usted me habló de esa terrible persecución que sufre, formé un juicio que creo ha de resultar cierto. A ver si me engaño: el afán con que usted huye de los guerrilleros de Navarra, es porque sin duda algún celoso defensor del altar y el trono ha visto en usted a un enemigo de esta causa sagrada. Usted es espía de Calomarde y de las tropas del Rey, que ya están sobre Cervera. ¡Oh!, señor mío, no creo en la farsa de esa cacería por celos, no; tanta inquina en ellos, tanto recelo en usted, me prueban que anda por medio la pasión de las pasiones..., la política. ¿Y siendo usted amigo de esos hombres corrompidos que vienen a sofocar esta santa insurrección por la fe, se atreve a buscar asilo dentro de los muros sagrados de San Salomó?... ¡Qué audacia!
—¡Oh, señora! —exclamó el caballero cruzando las manos—. Nada podré ocultar a usted. Dios ha dispuesto que me revele a mi bienhechora tal como soy... Me he fiado a su generosidad, y su generosidad no puede faltarme. Hallo en usted un carácter que despierta en mí grandísima afición y simpatía, y no puedo dejar de corresponder a ese carácter mostrando la parte principal del mío, que es el amor a la verdad. El corazón me dice que de tan noble y hermosa dama, que de tan ejemplar religiosa no he de recibir más que beneficios. Señora, me presentaré a usted con mi verdadera forma, y así me haré más acreedor a su amparo... Yo no soy espía de Calomarde.
—Entonces.
—Los defensores de la llamada causa apostólica y los realistas de Madrid son igualmente extraños a mis ideas y a mis acciones. Habiéndome impuesto ahora el deber de decir a usted la verdad pura, creyendo que así ha de tomar más interés por mí, le diré... Salga lo que saliere, señora, digo a usted que soy liberal.
Sor Teodora sofocó un grito y se puso pálida.
—Y repito ahora lo que antes dije —manifestó el intruso arrodillándose ante la monja en la actitud más respetuosa—. Reverenda madre, disponga usted de mi suerte. Entrégueme usted a mis enemigos o salve esta pobre vida, según lo que su conciencia le dicte.
—¡Jacobino! —murmuró sor Teodora santiguándose.