—Así nos llaman —dijo festivamente, permaneciendo de hinojos y alzando los ojos para contemplar la soberana hermosura de la monja—. Así nos llaman... De modo que tiene usted de rodillas a sus pies al mismo demonio.
—Levántese usted —dijo la de Aransis bruscamente.
—No me levanto hasta no oír mi sentencia de esos labios —repuso galantemente el caballero—. ¿Será posible que mi franqueza no despierte en usted la piedad? A un hombre que muestra así el más grave de sus secretos, ¿se le puede negar amparo?
Sor Teodora había llegado al más alto grado de confusión. Bien lo comprendía Servet, el cual, conocedor del corazón humano, había visto en la ilustre dama uno de esos caracteres que se conquistan más fácilmente con la verdad y la franqueza que con la violencia y la amenaza. La de Aransis era, en efecto, como él la creía. Para conquistar su benevolencia era preciso confiársele resueltamente, someterse a ella sin rodeos. El desconfiado, el artificioso, el astuto, no serían sus amigos; pero el franco, el leal y el verdadero sí.
—Lo que usted me ha dicho —indicó mirando tan fijamente al caballero que parecía querer penetrar sus pensamientos más íntimos— me mueve a tratarle como el mayor enemigo de esta casa. Yo no puedo dar asilo a un jacobino, enemigo de los reyes de la fe.
Servet inclinó su cabeza en señal de resignación.
—Por consiguiente —añadió ella alzando la mano y estirando el dedo índice como un predicador—, voy a dar aviso a la comunidad para que llame a las autoridades de Solsona.
El caballero se inclinó otra vez. Las miradas y el tono de sor Teodora no parecían indicar sentimientos tan crueles como los que sus palabras expresaban.
—Sin embargo —añadió—, prometo ocultarle y favorecerle, si me revela el objeto de su venida a Solsona y las conspiraciones de jacobinos que entre manos trae... porque usted ha venido sin duda con algún fin contrario a esta porfía apostólica que hay ahora.
—Si yo comprara a ese precio el favor de usted —dijo el caballero con entereza—, sería un miserable. Yo creí que usted no me tendría por un miserable. ¡Revelar lo que se nos ha confiado como un secreto! No, señora. En lo que usted me pide, acaba la franqueza y empieza el deshonor. La reverenda madre no sabrá nada de mis labios. Yo no soy traidor a mis amigos y favorecedores. ¿Esperaba usted mi contestación para dar la voz de alarma a la comunidad?, pues ya la tiene... He dicho antes que me sometía en cuerpo y alma a mi bienhechora. Desarmado estoy..., puede perderme si gusta; salga usted..., no tema que lo impida violentamente.