Corriendo a la puerta puso su mano en el picaporte.

—Quieto —dijo vivísimamente Teodora corriendo a impedir aquel movimiento.

—Es que no puedo acceder a la traición que me exige.

—No importa..., yo no quiero que nadie sea desleal —replicó la monja, acompañando su voz de un ademán tranquilizador—. Me he acordado de mi pobre hermano, que tiene también la desgracia de ser jacobino. ¡Pobre hermano mío! A su recuerdo debe usted mi piedad.

—¿Entonces me favorece usted, se decide a ampararme?

—Sí —repuso ella sonriendo ligeramente.

Pareciole a Servet, al ver aquella sonrisa, que veía, como vulgarmente decimos, el cielo abierto.

—¡Oh, gracias, gracias, señora! —exclamó acercándose a ella con intención evidente de besarle las manos.

—Por Dios, hable usted más bajo, más bajo —dijo sor Teodora retirándose y poniéndose el dedo en la boca.

XXI