—Es usted una alhaja, niña—dijo mi amigo.—Parece que no pone las manos encima de la herida... Pero ¿á qué me mira usted tanto? ¿Tengo monos en la cara? A ver... ¿Está concluído eso?... Trataré de levantarme... Pero si no me puedo tener... ¿Qué agua de malvas es ésta que tengo en las venas? ¡Porr...! iba á decirlo... que no pueda corregir la maldita costumbre... Señor de Araceli, no puedo con mi alma. ¿Cómo anda la cosa?

—Señor, á las mil maravillas. Nuestros valientes paisanos están haciendo prodigios.

En esto llegó un oficial herido á que le pusieran un vendaje.

—Todo marcha á pedir de boca—nos dijo.—No tomarán á San Francisco. Los del Hospital han sido rechazados tres veces. Pero lo portentoso, señores, ha ocurrido por el lado de San Diego. Viendo que los franceses se apoderaban de la huerta pegada á la casa de los Duendes, cargaron sobre ellos á la bayoneta los valientes soldados de Orihuela, mandados por Pino-Hermoso, y no sólo los desalojaron, sino que dieron muerte á muchos, cogiendo trece prisioneros.

—Quiero ir allá. ¡Viva el batallón de Orihuela! ¡Viva el Marqués de Pino-Hermoso!—exclamó con furor sublime D. José de Montoria.—Señor de Araceli, vamos allá. Lléveme usted. ¿Hay por ahí un par de muletas? Señores, las piernas me faltan. Pero andaré con el corazón. Adiós, niña, hermosa curandera... Pero ¿por qué me mira usted tanto?... Me conoce usted, y yo creo haber visto esa cara en alguna parte... sí... pero no recuerdo dónde.

—Yo también le he visto á usted una vez, una vez sola—dijo Mariquilla con aplomo,—y ojalá no me acordara.

—No olvidaré este beneficio—añadió Montoria.—Parece usted una buena muchacha... y muy linda por cierto. Adiós: estoy muy agradecido, sumamente agradecido... Venga un par de muletas, un bastón, que no puedo andar, señor de Araceli. Deme usted el brazo... ¿Qué telarañas son éstas que ante los ojos se me ponen?... Vamos allá, y echaremos á los franceses del Hospital.

Disuadiéndole de su temerario propósito de salir, me disponía á marchar yo solo, cuando se oyó una detonación tan fuerte, que ninguna palabra del lenguaje tiene energía para expresarla. Parecía que la ciudad entera era lanzada al aire por la explosión de un inmenso volcán abierto bajo sus cimientos. Todas las casas temblaron, obscurecióse el cielo con inmensa nube de humo y de polvo, y á lo largo de la calle vimos caer trozos de pared, miembros despedazados, maderos, tejas, lluvias de tierra y material de todas clases.

—¡La Santa Virgen del Pilar nos asista!—exclamó Montoria.—Parece que ha volado el mundo entero.