Los enfermos y heridos gritaban creyendo llegada su última hora, y todos nos encomendamos mentalmente á Dios.
—¿Qué es esto? ¿Existe todavía Zaragoza?—preguntaba uno.
—¿Volamos nosotros también?
—Debe haber sido en el Convento de San Francisco esta terrible explosión,—dije yo.
—Corramos allá—dijo Montoria sacando fuerzas de flaqueza.—Señor de Araceli, ¿no decían que estaban tomadas todas las precauciones para defender á San Francisco?... ¡Pero no hay un par de muletas por ahí!
Salimos al Coso, donde al punto nos cercioramos de que una gran parte de San Francisco había sido volada.
—Mi hijo estaba en el Convento—dijo Montoria pálido como un difunto.—¡Dios mío, si has determinado que lo pierda también, que muera por la patria en el puesto del honor!
Acercóse á nosotros el locuaz mendigo de quien hice mención en las primeras páginas de esta relación, el cual trabajosamente andaba con sus muletas, y parecía en muy mal estado de salud.
—Sursum Corda—le dijo el patriota,—dame tus muletas que para nada las necesitas.
—Déjeme su merced—repuso el cojo,—llegar á aquel portal y se las daré. No quiero morirme en medio de la calle.